La ley contra el Tabaco
Parece ser que los españoles somos distintos, de nuevo. Todos los países que van prohibiendo el uso del tabaco en lugares de reunión, como bares y restaurantes, lo hacen de modo absoluto. Tras Estados Unidos, Irlanda, Suecia, Italia, el último país en hacerlo es el Reino Unido.
Al principio todo s los fumadores se quejan, tildando de nazis a los políticos y no fumadores que apoyan la búsqueda de aire limpio. La asistencia a los bares decrece ligeramente mientras la gente se acostumbra a la nueva situación. Al rato todo el mundo empieza a agradecer la falta de olor en la ropa, lo bien que respiran los ojos, y hasta el empujón definitivo para dejar de fumar.
Pero aquí no, aquí el gobierno ha sacado una ley que no satisface a nadie, salvo a los desafortunados que tenían que aguantar humo de tabaco en la oficina. Han perdido la oportunidad de cambiar la situación quemando un cartucho de oro. Con tanto temple de gaitas, al final prácticamente todos los bares y restaurantes siguen dejando fumar. Y lo seguirán haciendo porque no se van a arriesgar a desairar a sus clientes más dependientes del cigarrillo, a los millones de fumadores sociales que necesitan acompañar una copa o un café con un pitillo.
Teniendo ejemplos tan cercanos como el italiano, yo personalmente no entiendo cómo se ha optado por un compromiso estéril. Con un poco de suerte la ministra de Sanidad se enfada tanto que deroga la ley reforzándola, o la elimina para que al menos no nos gastemos entre todos dinero para hacerla cumplir.
Al principio todo s los fumadores se quejan, tildando de nazis a los políticos y no fumadores que apoyan la búsqueda de aire limpio. La asistencia a los bares decrece ligeramente mientras la gente se acostumbra a la nueva situación. Al rato todo el mundo empieza a agradecer la falta de olor en la ropa, lo bien que respiran los ojos, y hasta el empujón definitivo para dejar de fumar.
Pero aquí no, aquí el gobierno ha sacado una ley que no satisface a nadie, salvo a los desafortunados que tenían que aguantar humo de tabaco en la oficina. Han perdido la oportunidad de cambiar la situación quemando un cartucho de oro. Con tanto temple de gaitas, al final prácticamente todos los bares y restaurantes siguen dejando fumar. Y lo seguirán haciendo porque no se van a arriesgar a desairar a sus clientes más dependientes del cigarrillo, a los millones de fumadores sociales que necesitan acompañar una copa o un café con un pitillo.
Teniendo ejemplos tan cercanos como el italiano, yo personalmente no entiendo cómo se ha optado por un compromiso estéril. Con un poco de suerte la ministra de Sanidad se enfada tanto que deroga la ley reforzándola, o la elimina para que al menos no nos gastemos entre todos dinero para hacerla cumplir.

